16JUNIO1822 | Encuentro de Manuela y Simón IV. La Libertadora del Libertador
Manuela Sáenz. Óleo de Antonio Salas, 1839. Colección privada, Quito.
El Libertador la designó como la custodio de su archivo personal y de la correspondencia privada
Prensa MPP- Despacho (Ricardo Antequera / 16.06.22).- El 16 de junio de 1822 se produjo el encuentro entre Manuela Sáenz y Simón Bolívar, a su entrada a la ciudad de Quito después de la victoria de la Batalla de Pichincha.
El Libertador venía con el Ejército de Colombia a coronar la gloria del general Sucre que selló la independencia del Ecuador con su hazaña militar. Durante el desfile triunfal, Bolívar fue alcanzado en el pecho por una corona de flores que le fue lanzada fervorosamente por Manuela desde el balcón de su casa, haciendo que ambos tuvieran su primer encuentro con un cruce de miradas.
Esa misma noche se celebró un baile en honor al Libertador, y fue la ocasión en que se conocieron personalmente, a partir de entonces nacería una relación de amor, pasión y lucha por la Independencia, que acompañó a Bolívar hasta los últimos momentos de vida. Veamos el testimonio dado por la propia Manuela que fue plasmado en el Diario de Quito.
Manuela en el Diario de Quito reseña su encuentro con Bolívar
"Junio 16 de 1822
La ciudad está vestida de fiesta, la gente corre por todos lados, los indios que transportan encargos andan muy apresurados, y hay que ver cómo la gente adorna las calles con arcos de caña guadua y con ramas de laurel y flores, colocándolas en las esquinas, los balcones; con ocasión de festejar ya en serio, no sólo la batalla de Pichincha sino también el arribo de S.E. el Libertador Simón Bolívar y Presidente de Colombia, por primera vez a Quito.
Qué emocionante conocer a este señor, a quien lo llaman el "Mesías Americano", y del que tanto he oído hablar. Todos los vecinos están muy entusiasmados (...)"
"Junio 18 de 1822
La caravana de los héroes entró a las ocho y media de la mañana por la calle principal, que da con las calle de las cruces, viniendo desde Guayllabamba y pasando por los ejidos del Norte. En seguida voy a describir los hechos del 16 que los considero muy especiales por la fortuna con que me han tocado.
¡Estoy muy feliz!
Pareciera como si el mundo entero se hubiera venido por acá. Qué apoteosis de recepción. No caben palabras como describir tanta emoción de la gente; desde la más alta alcurnia, pasando por todas las clases "de colores, gustos y sabores" y condiciones sociales (ahora si en serio), y autoridades y clérigos (que me enseñaron a redactar así); hasta el más humilde de los indios que poco o nada entienden de estas cosas, se dieron cita para tributar su agradecimiento al Libertador y Presidente.
(...) "mis tías y Jonathás y Nathan, aleccionadas por mí, gritaban en coro: ¡¡Ran, cataplán, plan plan!!! ¡¡¡Que viva el Libertador y Presidente de Colombia!!! (...) todas sentimos que la entrada de S.E. el Libertador y Presidente Simón Bolívar era muy importante para gratificar la ciudad de Quito por su dedicación a la Libertad desde el nueve. (...) Su excelencia el Libertador Bolívar y Presidente de Colombia venía acompañado por el General Sucre, grandioso héroe de Pichincha. S.E. Simón Bolívar a la derecha, S.E. el General Sucre a la izquierda, posición muy bien ganada por su valentía a toda prueba. El corazón me palpitaba hasta el delirio, creo que esto de ser patriota me viniese más por dentro de mí misma que por simpatía.
S.E. el Libertador, gallardo jinete, engalanado con uniforme de parada, en el que los hilos de oro se veían como evaporándose en el brillo del sol que ese día era como una parrilla. Venían en paso de formación y con los más escogidos oficiales de S.E. Bolívar. El Libertador y Presidente montado en un precioso caballo blanco, al que enjaezaron con lo más precioso de monturas y arreos que se puedan encontrar por estas tierras. (...)
Desde todos los balcones, al pasar, llovían los pétalos deshojados de las rosas, flores y ramos caían para ir formando una alfombra fragante y colorida, que hizo más encantadora la algarabía y el recibimiento; los aplausos se escuchaban por doquier y los vivas a la República y a sus ejecutores se entonaban en coros más altos, de uno y otro lado de las calles. El delirio era ver y tocar de cerca a todos, pero con mayor placer a S.E. el Libertador Bolívar, saludarlo, tocarlo; ser correspondido.
Cuando se acercaba al paso de nuestro balcón, tomé la corona de rosas y ramitas de laureles y la arrojé para que cayera al frente del caballo de S.E.; pero con tal suerte que fue a parar con toda la fuerza de la caída, a la casaca, justo en el pecho de S.E. Me ruboricé de la vergüenza, pues el Libertador alzó su mirada y me descubrió aún con los brazos estirados de tal acto: pero S.E. se sonrió y me hizo un saludo con el sombrero pavonado que traía en la mano, y justo esto fue la envidia de todos, familiares y amigos, y para mí el delirio y la alegría de que S.E. me distinguiera de entre todas, casi me desmayo. (...)
Vino a visitarme por la tarde del 16 don Juan Larrea, para prevenirme de una invitación al baile en honor de S.E. el Libertador Simón Bolívar, que se celebraba en la misma casa de don Juan (...) A S.E. Bolívar se le veía conversando muy amenamente con sus vecinos, acompañado de sus generales. Al ver que nos acercábamos se levantó, disculpándose muy cortésmente y atento a nuestro arribo se inclinó haciendo una reverencia muy acentuada. Mi corazón palpitaba al estallarme cuando de don Juan Larrea escuche: "S.E., es para mí halagador presentarle a la señora Manuela Sáenz de Thorne". S.E. Bolívar me miró fijamente con sus ojos negros, que querían descubrirlo todo, y sonrió.
Le presenté mis disculpas por lo de la mañana, y él me replicó diciéndome: "Mi estimada señora, ¡si es usted la bella dama que ha incendiado mi corazón al tocar mi pecho con su corona! Si todos mis soldados tuvieran su puntería, yo habría ganado todas las batallas". Me avergoncé un poco, cosa que S.E. notó al instante y, disculpándose, me tomó de la mano invitándome a bailar una contradanza, luego un minué que, aunque aborrezco, acepté encantada; para luego seguir con otra contradanza que nos dio la oportunidad de hablar. Luego un valse muy suave que nos hizo muy románticos. (...)
S.E. me apartó para luego decirme: "Señora -me dijo-, insisto en que usted ha tocado hoy justo en mi corazón. Su belleza es mejor regalo que un héroe puede recibir, pues su encantamiento se halla en su agradable vivacidad. Es forzoso entonces que yo manifieste a usted el motivo real de mi alegría. Me encuentro fascinado de usted por no decir enamorado. De usted y de la Caballeresa del Sol. Quien hubiera sabido que en esta ciudad se encontraba precisamente la poseedora del crisol donde debo fraguar mis sentimientos. Su arrobadora belleza hace que cualquier hombre transgreda los más caros principios de la fidelidad y el respeto. Permítame que yo, su humilde admirador, haga uso de esa maravillosa transgresión."
Significación histórica del encuentro
Del baile de esa noche del 16 de junio de 1822 nació el amor entre Manuela y Simón, que compartieron hasta el final de su vida en 1830. A partir de entonces se consagró a su lado a continuar con la lucha por la Independencia. En el caso de Manuela, más que referirnos a su biografía, debemos hablar de la hoja de sus servicios prestados a la causa de la República como una de nuestras libertadoras. No solo fue la fiel compañera de vida, su regio carácter también la hizo convertirse en compañera de armas de Bolívar.
El Libertador la designó como la custodio de su archivo personal y de la correspondencia privada. También se distinguió como combatiente del Ejército Libertador en la Batalla de Ayacucho, distinguiéndose a tal punto, que el general Sucre la menciona en su parte a Bolívar, y la recomienda para su ascenso al grado de coronela. El sacrificio más grande lo hizo aquella noche septembrina del año 1828, poniendo en riesgo su propia vida, cuando se enfrentó a los asesinos que asaltaron la habitación del Libertador en el Palacio de San Carlos, para darle tiempo a que pudiera escapar de los conjurados que fueron a darle muerte.
Por ese acto de heroísmo, amor y sacrificio, el mismo Bolívar la proclamó "La Libertadora del Libertador".
Bibliografía:
Los diarios perdidos de Manuela Sáenz y otros papeles
Compilación de Carlos Álvarez Saá,
Bogotá, Fundación para la Investigación y la Cultura, 2005, 182 p.